Susan Calvin (Yo, Robot)

Susan Calvin, protagonista de la novela y la película homónima Yo robot, escrita por Isaac Asimov

La robopsicóloga más conocida en el mundo de la ciencia ficción me esperaba frente a la puerta cerrada de mi estudio. Me disculpé ante Susan Calvin por mi tardanza y la invité a entrar en el despacho. Dejé la chaqueta en el perchero y extraje mi ejemplar de Yo, robot, de Isaac Asimov de la estantería para comprobar mis notas.

―El metro en esta época está imposible. Normalmente me gusta preparar con calma la llegada de mis invitados. Perdóneme, doctora Calvin. Póngase cómoda, enseguida empezamos. ¿Quiere beber algo?

―No se preocupe, Alba, estoy bien. Acostumbrada a trabajar con máquinas, enfrentarme al error humano es algo estimulante.

Sonreí y me serví un vaso de agua para intentar calmar el sofoco que traía del transporte público. Ella sonrió con elegancia dentro de su seriedad habitual.

―Deduzco que sus trenes aún funcionan con conductores humanos.

―Por ahora, pero no creo que esté lejos el cambio.

Se acomodó en el sofá, yo saqué mi libreta de notas y, cuando ambas estuvimos preparadas, comencé con la entrevista:

―¿Cuál ha sido el momento más determinante de su vida?

―Probablemente el día que conocí a mi primer robot positrónico. Fue entonces cuando comprendí que la humanidad no era un requisito biológico, sino una construcción moral y lógica. Desde ese instante, dediqué mi vida a entender cómo pensamos… y por qué, a veces, las máquinas pueden hacerlo mejor.

―Si pudiera, ¿cambiaría algo de su pasado?

―No. Cada decisión que tomé fue la única posible dada la información que poseía en su momento. El arrepentimiento es un proceso emocional ineficiente; prefiero el análisis y la corrección de errores en el futuro, no en el pasado.

―Es una reflexión muy sensata, intentaré aplicarla a mi día a día. Quería preguntarle también… ¿Con quién ha tenido más afinidad en su historia, doctora?

―Con los robots, sin duda. Son coherentes, previsibles y, sobre todo, honestos dentro de los límites de sus leyes.

―Es una respuesta genérica, ¿hay alguien específico con quien no tuviese la misma afinidad?

―Con los humanos, siento la generalidad. La mayoría teme lo que no entiende, y el miedo es un obstáculo constante para el progreso. Me especialicé en la robopsicología precisamente porque la mente de las personas me resulta… demasiado impredecible.

Asentí siendo consciente de la verdad que escondían sus palabras al recordar a las personas de U.S. Robots and Mechanical Men con las que tuvo que tratar. Una corporación difícil de manejar para una mujer.

―¿Tiene algún modelo a seguir fuera de su mundo?

―Quizá Spock, de Star Trek. Él comprende la lógica pero no reniega de la emoción. Representa el equilibrio que los humanos rara vez alcanzamos.

―¿Cómo se describiría en tres palabras?

―Lógica. Reservada. Precisa.

―¿Qué lección cree que se podría aprender al leer su historia?

―Que la humanidad no depende del carbono ni de la carne, sino de la ética. Que debemos cuestionar lo que consideramos «vida» o «conciencia». Y, sobre todo, que el miedo al progreso es más peligroso que el progreso mismo.

―Una lección digna de aprender. Llegamos a la última pregunta, ¿qué animal sería?

―Si se pudiera elegir cómo nace una, escogería ser una lechuza, observadora, silenciosa y despierta cuando los demás duermen. No actúo por impulso, sino cuando el momento es correcto.

―Ha sido un verdadero placer contar con sus respuestas, doctora Calvin. Gracias por venir a Proyecto Intermundo. Si me lo permite, conozco un lugar donde podríamos pasar un buen rato. Yo aprendería de tecnología y usted podría divertirse viendo lo lejos que estamos del avance de su mundo.

―Será un placer, Alba. Todo sea por el conocimiento.

Pasamos un día estupendo en el museo de la tecnología y cuando llegó el momento de la despedida, me regaló un dispositivo para comunicarnos cuando ella tuviera que volver a su mundo. Ese mundo creado por Isaac Asimov que fue reflejado en su novela Yo, Robot mediante relatos breves con dilemas morales y resoluciones curiosas.

Gracias, mente inquieta, por visitar Intermundo.

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